2 de septiembre de 2011

Periodismo en grado de tentativa.

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Desde hace unos meses me estoy viendo obligado a cambiar muchos esquemas que parecían inmutables. Se desmorona lo que parecía sólidamente cimentado. Es evidente que algo falla.

Cierto es que, recién alcanzada la edad de expresarse en las urnas, a uno no le ha dado tiempo de fijar ideas inamovibles, vicio al que la edad parece dar derecho, pero es muy triste ver en el saco de “sanguijuelas”, junto a políticos, banqueros y energúmenos con porra o crucifijo, a los encargados de reflejar la realidad que el ciudadano no puede ver.

La caída en desgracia definitiva de los medios de comunicación, salvando honrosas excepciones, se culminó tras un rosario de casos, a cuál más disparatado, de desinformación severa.

No fue hace tres meses, no, pese a la manipulación informativa que se produjo en torno a las protestas del movimiento 15-M, una vez que era ya insostenible el vacío mediático.
Tampoco fue hace poco más de una semana, cuando la televisión y radio públicas de nuestro aconfesional Estado mutaron en una suerte de homilía perpetua durante la celebración de una fiesta religiosa.
El mito de la prensa como informadora del pueblo se hizo añicos en el momento en que uno de los dos diarios de mayor difusión en nuestro país recurría a la estrategia de los pequeños diarios que, ávidos de visitas, se hacían eco en sus ediciones digitales de un vídeo que mostraba a una alcaldesa belga practicando sexo en el navarro castillo de Olite.
Más allá del nulo valor informativo y del hecho de que los protagonistas no dieran su consentimiento para la grabación (menos aún la difusión) de esas imágenes, lo que más me impresionó fue lo lejos que llegó la noticia. Habría que explicar a los reyes navarros qué narices es América para luego contarles que hasta allí hablarían de su palacio siete siglos después de construirlo.


Al ver la noticia, consulté inmediatamente la cuenta de Twitter que clama ser administrada en persona por el director de tan esperpéntico diario y me encontré con que este (o quien sea que controla el perfil en su nombre) estaba coqueteando con quien se le ponía a tiro en lugar de pedir perdón por un aporte así de innecesario al periodismo español, ya diezmado por el sometimiento ante los deseos de acaudalados patrocinadores.

Señor Pedro J: su diario, al igual que una buena parte de este país, grita “Sálvame”. Es grave. Va a haber que amputar.



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