1 de enero de 2012

De paseo por una ciudad relativista Domingos de la Ciencia

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Presentamos los "Domingos de la Ciencia", una nueva sección quincenal en Hablando República en el marco de la difusión cultural que siempre buscamos.


Este primer artículo corresponde a un fragmento del libro "El breviario del Señor Tompkins", una muy recomendable recopilación de textos de divulgación científica en la que el protagonista va recorriendo diversos mundos oníricos cuyas propiedades físicas son totalmente distintas a las que conocemos. De esta forma el autor, George Gamow (físico y astrónomo ucraniano), comenta de forma sencilla y didáctica las leyes más importantes de la ciencia moderna.


En este extracto concreto, el Señor Tompkins viaja a una ciudad con una peculiar propiedad: el límite natural de velocidad son apenas 30km/h, en lugar de los 300.000 km/h de nuestro mundo. Este relato juega con los conceptos físicos de Contracción de la Longitud y de Dilatación del Tiempo, consecuencia de la Teoría de la Relatividad Especial propuesta por Albert Einstein en 1905.


El lector no necesita conocimientos avanzados de física, ya que las narraciones de Gamow utilizan un vocabulario simple y muy gráfico. En caso de quedarse con dudas tras la lectura, recomiendo consultar los links incluidos en este mismo párrafo.


Aquella mañana, el vestíbulo del banco estaba casi vacío, de modo que el señor Tompkins, oculto tras su ventanilla, abrió el apretado manuscrito y trató de avanzar por la maraña impenetrable de fórmulas y complicadas figuras geométricas con las que el profesor intentaba explicar a sus discípulos la teoría de la relatividad. Pero sólo pudo comprender el hecho clave en torno al cual giraba la conferencia entera, a saber: que existe una velocidad máxima, la de la luz, que ningún cuerpo material puede rebasar, y que de ello se desprenden consecuencias de lo más inesperadas y extraordinarias. Se afirmaba, sin embargo, que, como la velocidad de la luz es de 300.000 kilómetros por segundo, los efectos relativistas son casi imposibles de discernir en la vida ordinaria. Pero lo más difícil de entender era la naturaleza de tan extraños efectos, y el señor Tompkins tuvo la impresión de que todo aquello contradecía el sentido común. Mientras trataba de imaginar la contracción de las varas de medir y el comportamiento anómalo de los relojes –efectos que eran de esperar a velocidades próximas a la de la luz-, su cabeza se fue inclinando pesadamente sobre el manuscrito abierto. 
Cuando volvió a abrir los ojos, se encontró de pie en una esquina de una hermosa ciudad antigua. Sospechó estar soñando, pero, para su sorpresa, no sucedía nada de particular a su alrededor: hasta el policía de la esquina opuesta tenía el aspecto de que los policías suelen tener. Las manecillas del gran reloj de la torre que estaba al final de la calle señalaban casi mediodía y todo estaba casi desierto. Sólo un ciclista bajaba lentamente por la calle y, conforme se acercaba, los ojos del señor Tompkins se fueron abriendo desmesuradamente de asombro. Porque tanto la bicicleta como el joven que iba montado en ella aparecían increíblemente aplanados en la dirección del movimiento, como vistos por una lente cilíndrica. El reloj dio las doce y el ciclista, con prisa innegable, empezó a pedalear con más fuerza. Al señor Tompkins no le pareció que ganase mucho en velocidad, pero como premio a aquel esfuerzo, el ciclista se aplanó más todavía y pasó de largo. Parecía exactamente una figura recortada en cartón. El señor Tompkins se sintió de repente muy orgulloso, pues comprendía lo que le pasaba al ciclista: se trataba simplemente de la contracción de los cuerpos en movimiento, cuya descripción acababa de leer. 
-Indudablemente, el límite natural de velocidades es inferior en esta región –concluyó-, y por eso aquel policía muestra un aire tan aburrido: no tiene que cuidarse de que nadie corra demasiado. 
En efecto, en ese momento pasaba un taxi por la calle y, pese al estrépito que hacía, no avanzaba mucho más velozmente que el ciclista: no pasaba de arrastrarse. El señor Tompkins decidió alcanzar al ciclista, que parecía buena persona, para pedirle más detalles. Cerciorándose de que el policía miraba en otra dirección, se encaramó a una bicicleta que estaba arrimada a la acera y salió dándole a los pedales calle abajo. 
Confiaba en aplanarse de inmediato, lo cual le satisfacía mucho, pues su gordura incipiente lo había preocupado un poco en los últimos tiempos. De ahí su sorpresa al advertir que nada le sucedía ni a la bicicleta ni a él. Pero, por otra parte, el cuadro de lo que le rodeaba cambió completamente. Las calles se acortaron, los escaparates se convirtieron en rendijas angostas y el policía de la esquina resultó el hombre más delgado que había visto en su vida. 
-¡Caramba! –exclamó excitado. - ¡Ya veo el truco! Aquí es donde encaja la palabra “relatividad”. Todo lo que se mueve en relación a mí, me parece más corto, sin importar quién pedalee. 
Era buen ciclista y hacía todo lo posible por alcanzar al joven. Pero no le resulta nada fácil sacar partido de aquella bicicleta. Ya podía acelerar la rapidez con que pedaleaba: su velocidad casi no aumentaba. Las piernas empezaban a dolerle, pero al pasar junto a un farol, que había en una esquina vio que no iba mucho más deprisa que al principio. Parecía que todos sus esfuerzos por correr eran inútiles. Comprendió ahora, perfectamente, por qué el ciclista y el coche que acababa de encontrar iban tan despacio, y recordó las palabras del profesor, que decían que era imposible superar la velocidad límite de la luz. Con todo, se dio cuenta de que las manzanas de las casas se acortaban algo más, y el ciclista que iba delante de él parecía más próximo. Después de dar un par de vueltas lo alcanzó al fin, y cuando empezó a marchar a su lado lo llenó de asombro ver que era un joven de lo más normal, con aire de deportista. 
-¡Ah! - Pensó.- Esto se debe a que ahora no nos movemos en relación uno del otro. - Y dirigiéndose al joven, le preguntó: 
-¡Perdone, señor! ¿No le resulta engorroso vivir en una ciudad con un límite de velocidad tan bajo? 
-¿Límite de velocidad? –peguntó el otro, sorprendido. - Aquí no hay ningún límite de velocidad. Voy adonde quiero, tan deprisa como me place. ¡Podría hacerlo, mejor dicho, si tuviera una motocicleta en vez de este artefacto viejo, que no sirve para nada! 
-Pues iba usted bien despacio cuando pasó junto a mí hace un momento. Me di perfecta cuenta. 
-¿Ah, si? ¿De modo que se dio perfecta cuenta? –replicó el joven, evidentemente ofendido. - Lo que parece que no ha notado es que hemos pasado cinco calles desde que usted me dirigió la palabra. ¿No le parece velocidad suficiente? 
-Es que las calles se acortan –arguyó el señor Tompkins.
-¿Y qué diferencia hay entre decir que vamos más deprisa o que las calles se acortan? Tengo que pasar diez calles para llegar al correo, y si muevo más rápidamente los pedales, las manzanas se acortan y llego antes. Mire usted, ya estamos –dijo el joven, apeándose de la bicicleta. 
El Señor Tompkins miró el reloj del correo, que señalaba las doce y media. 
-¡Pues bien! –exclamó triunfante. ¡Sea como quiera, le llevó a usted media hora recorrer esas diez cuadras! Cuando lo vi pasar eran las doce en punto. 
-¿Y usted notó esa media hora? –preguntó el otro. 
El señor Tompkins tuvo que reconocer que sólo le habían parecido unos cuantos minutos. Además, al consultar su reloj de pulsera vio que no marcaba más que las doce y cinco. 
-¡Vaya! –exclamó.– ¿Es que el reloj del correo adelanta? 
-Naturalmente. O el suyo atrasa: como que viene usted de correr un buen trecho. ¿Qué es, pues, lo que le afana? ¿Es que se ha caído de la Luna?  Y luego de decir estas palabras el joven entró al correo. 
Tras la conversación, el señor Tompkins lamentó de veras no tener a mano a su viejo amigo el profesor, para que le explicase aquellos sucesos, tan extraños para él. Evidentemente, el joven era del lugar y se había acostumbrado a semejante situación antes de aprender a andar. De modo que el señor Tompkins tuvo que resignarse a explorar por su cuenta aquel extraño mundo. Puso en hora su reloj con el del correo y, para cerciorarse de que marchaba bien, esperó diez minutos. Su reloj no atrasó. Siguió su paseo calle adelante hasta que vio una estación de ferrocarril y decidió verificar de nuevo la marcha de su reloj. Comprobó, sorprendido, que había vuelto a atrasar un poco. –Bueno –concluyó-, debe ser otro efecto relativista. Decidió entonces consultar a alguien más inteligente que el joven. 
La oportunidad no tardó en presentarse. Un caballero cuarentón bajó del tren y avanzó hacia la salida. Una dama muy anciana salió a su encuentro y, con gran asombro del señor Tompkins, se dirigió a él llamándolo “abuelo querido”. Era demasiado para el señor Tompkins. Con el pretexto de ayudar a llevar el equipaje, inició una conversación. 
-Perdóneme si me inmiscuyo en sus asuntos familiares –empezó-, pero ¿es usted de veras el abuelo de esta encantadora anciana? Vea usted, soy extranjero, y nunca... 
-Ah, ya veo –dijo el caballero, esbozando una sonrisa. – Pienso que me estará usted tomando por el judío errante o algo por el estilo. Pero la cosa no puede ser más sencilla. Mis negocios me obligan a viajar continuamente y, como paso la mayor parte de mi vida en tren, es claro que envejezco más despacio que mis parientes, que viven en la ciudad. ¡Me da tanto gusto volver a encontrar a mi querida nietecita todavía viva! Pero discúlpeme, por favor. Tengo que ayudarla a tomar un taxi. – Y escapó, dejando al señor Tompkins otra vez solo con sus problemas.

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