6 de abril de 2012

Bases teóricas para comprender el estado de Somalia.

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Olvido letal en el Cuerno de África”, con este titular inicia la noticia José Miguel Calatayud desde
Nairobi, capital de Kenia. A primera vista podemos considerar que nos encontramos ante una
noticia más, de tantas otras que sabemos que existen pero ignoramos, acerca de la pobreza en
África. Pero si desmenuzamos minuciosamente todos los detalles presentes en ella, el relato de este
corresponsal de El País, encontraremos una complejidad considerable y un conocimiento
clarificador para comprender la situación en la que se ve inmersa Somalía en particular y toda
África en general.

Para entender cómo llega este país a la crisis actual, es necesario sumergirse en su historia reciente. Durante los años del colonialismo europeo, el territorio de Somalía estuvo dividido entre Italia, Francia y Gran Bretaña que ejercían sobre él una dominación plena, sin autoridades locales como sí existían en los protectorados. Esto ejemplifica claramente que el concepto de Estado no existía antes de la dominación europea, al igual que ocurría en la mayoría del continente africano.

Somalía adquiere la independencia sin excesivos conflictos con las autoridades coloniales en la
década de los 60, con la unificación de la Somalilandia británica y la italiana. En 1969 el país vive
sumido en una dictadura militar hasta 1991, en la que la pésima situación económica, el
enfrentamiento con la prosoviética Etiopía y los conflictos internos entre distintos clanes hacen
implosionar al país, dividido en múltiples regiones como Putlandia o Somalilandia desde entonces
en la que el gobierno de Mogadiscio es incapaz de imponer su autoridad.

Estos conflictos son explicados con bastante precisión por Mary Kaldor, diferenciándolos de las
antiguas guerras. Tal y como expone la británica, estas luchas no enfrentan a dos entes estatales a
través de ejércitos regulares, sino que los implicados en la pugna son grupos subestatales que
combaten por medio de guerrillas, con un daño sobre la población civil y la integridad del estado
muy superior al de las antiguas batallas. Es más, si el fin de las antiguas guerras era el
afianzamiento del poder estatal a través de la conquista, estas nuevas guerras consiguen justo lo
contrario, el debilitamiento del ente estatal. Nos encontramos por tanto ante guerras mucho más
destructivas y cuya perpetuidad en Somalía ha creado un estado feudal en el que cada región está
bajo control de un señor de la guerra. La justificación económica la aporta Michael Renner, que
compara los lugares en guerra con la presencia de recursos con enormes coincidencias geográficas.
Según este autor, los gobiernos no necesitan del pueblo para financiarse, no requieren de un sistema
fiscal estable, sino del control de los recursos naturales, algo que fomenta la creación de gobiernos
dictatoriales pero inestables pues toda organización contraria al poder establecido pugna por el
control de los recursos de forma violenta al ser consciente de que su monopolio es la garantía de
acceso al poder y a la riqueza. La vía democrática está vetada.

Por todo lo expuesto anteriormente, los medios de comunicación y los especialistas insisten en
denominar a Somalía el perfecto ejemplo de Estado fallido. Para poder explicar este fenómeno, es
fundamental definir conceptos como los elementos constitutivos del Estado o la estatalidad jurídica
y la empírica. Weber sostenía que un estado está compuesto de tres elementos: una organización
política que ejerce su dominio o soberanía sobre un territorio y una población. Por su parte,
Jackson y Rosberg insisten en el concepto de soberanía, diferenciando dos clases distintas de ella: la
estatalidad empírica implica una soberanía positiva, real, llevada a efecto en el interior del país
sobre esa población y ese territorio mientras que la estatalidad jurídica supone una soberanía
(Hacer clic sobre la imagen para ampliar)
negativa, es decir, el reconocimiento externo a ese estado de su capacidad para gobernar, independientemente de que esa capacidad sea efectiva o no. Así pues nos encontramos con paradojas como Somalía, cuyo gobierno posee estatalidad jurídica pero no empírica, careciendo por tanto de uno de los elementos constitutivos del estado: una organización política soberana sobre los otros dos elementos.
Es así como se crea un Estado fallido, ante la separación drástica y radical
entre ambas estatalidades. Por si fuera poco, la situación se hace más rocambolesca si analizamos el
caso de Somalilandia, la provincia rebelde de la República Somalí, que tiene un grado de soberanía
positiva bastante superior que el país que pretende abandonar, sin embargo, en principio, carece totalmente de estatalidad jurídica si atendemos al hecho de que la inmensa mayoría de países que cuentan con la soberanía negativa son reconocidos internacionalmente por una multitud de estados además de la ONU. Aunque, si atendemos a las palabras de Bodino: “una república que no tiene poder soberano para unir a sus distintos miembros, familias, colegios y corporaciones, no es una verdadera república.”, Somalilandia es un estado y Somalía no, si bien es cierto que estas palabras hay que contextualizarlas en la época del autor, el S. XVI. Parecido debate surge ante los casos de Taiwan, Kosovo o Palestina, ninguno de ellos sentados en la Asamblea General de la ONU.

En el relato de la noticia aparecen con un papel protagonista dos ONG ́s: Intermon Oxfam y Save
de Children. Es más, la noticia ha sido publicado gracias a la información de ambas organizaciones
denunciando la situación y la tardía reacción, tal y como expresa el subtítulo. Esto nos conduce a la
visibilidad de dos hechos abundantemente comprobados en otras ocasiones: el efecto CNN y el
papel de los organizaciones transnacionales concedido por la doctrina liberal. Parece bastante
evidente que con los informes que presentan ambas organizaciones buscan activar el efecto CNN
para presionar a los gobiernos occidentales a participar de forma más decisiva y rápida en la ayuda
humanitaria a Somalía, todo ello a través de la concienciación de la opinión pública, con el objetivo
de posicionarla a favor de la concesión de ayudas y convencerla de que su movilización presionaría
a sus gobiernos para que actúe. Sin embargo, bajo este loable objetivo también se esconde la
necesidad de las organizaciones humanitarias de legitimarse socialmente, mostrar su labor y
mejorar así su financiación.

Curiosamente, una de las pautas comunicativas más frecuentes es denunciada en la misma noticia.
Ambas organizaciones insisten que de haber actuado antes, se podrían haber salvado miles de vidas
en el Cuerno de África. Pero resulta que los medios de comunicación solo atienden a las crisis
cuando se hallan en su punto álgido, desfavoreciendo el análisis y la visibilidad del antes y el
después, es decir, cómo se ha llegado a ese desastre y cómo se ha paliado tras el ojo del huracán.
Esto provoca que de la sensibilización pasemos a la fatiga de la cooperación pues los donantes de
los países emisores de ayuda no son informados de la labor que están ayudando a financiar ni
alcanzan a comprender por qué se ha llegado a esa situación extrema.

Precisamente, esta influencia tanto de medios como de ONG ́s sobre la agenda mundial confirma la
teoría liberal en su concepción de los actores internacionales. Los autores liberales argumentan que
no solo los estados tienen un papel fundamental en el desarrollo de las relaciones internacionales,
algo taxativamente afirmado por los realistas. Esto queda perfectamente ejemplificado con Intermon
Oxfam o Save the Children, organizaciones transnacionales que unen a individuos entorno a fines
comunes como la erradicación de la pobreza o la defensa de los derechos de los niños. Además,
dado el estado de quiebra social y política de Somalía, es perfectamente asumible afirmar que
grandes ONG ́s o empresas multinacionales tienen más poder y fuerza en la agenda global que el
propio gobierno somalí.

La situación que es denunciada en la noticia justificaría sobradamente una intervención humanitaria
por parte de la ONU o los países occidentales. Aunque esto supondría una clara injerencia externa
en los asuntos internos de un estado, el actual derecho internacional da pie a ello si esta constatada
una flagrante violación de los derechos humanos o peligra la paz y seguridad de la zona. El hecho
de que 50.000 personas fallezcan por hambruna y su gobierno sea incapaz de atajar o al menos
paliar la situación, eludiendo su responsabilidad, parece ya un claro caso de incumplimiento de la
Declaración Universal de los DDHH. Además, los consecuentes éxodos masivos que trae consigo la
sequía amenazan con desestabilizar a toda la región y provocar conflictos entre etnias o países por
la lucha por los escasos recursos. De hecho, Kenia ya ha movilizado a su ejército para gestionar la
crisis humanitaria que llama a sus fronteras. Existen precedentes de intervenciones humanitarias,
Somalía incluso vivió una en 1993, si bien es cierto que fue rechazada violentamente por el
Congreso Unido Somalí, forzando a la salida de EEUU tras uno de los ejemplos más famosos de
efecto CNN, tras el cual el gobierno de Clinton tuvo que dar marcha atrás ante la presión
abrumadora de la opinión pública.

La hipotética intervención también se vería reforzada por el hecho de que la ayuda humanitaria no
está siendo distribuida ante el caos gubernamental y los constantes conflictos, haciendo inviable que la FAO (Organización para la Alimentación y la Agricultura) cumpla su objetivo final: “Alcanzar la
seguridad alimentaria para todos, y asegurar que las personas tengan acceso regular a alimentos de
buena calidad que les permitan llevar una vida activa y saludable.”

Tras todo lo dicho, es inevitable pensar que la situación de Somalía es irresoluble, algo natural que
debemos asumir pero aceptar esta idea supondría condenar a miles de personas a la pobreza extrema
y en última instancia a la muerte, como se puede leer en la noticia “Olvido letal en el Cuerno de
África”.


Artículo realizado por Alfonso Torres.

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