12 de enero de 2013

Domingos

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             Hoy día, han cambiado muchísimo las cosas. España ya no es la misma en diversos aspectos, como políticos, ideológicos... Pero hay normas sociales que nunca cambiarán. Hay normas sociales que están implantadas en el cerebro de cada uno de nosotros como si de la codificación se tratara. Es un tatuaje, una marca a fuego en nuestro cerebro:

            Domingo, cinco de la madrugada, cantidades desmesuradas de alcohol en las venas de los que te rodean, música absurda en pub para incitar a que los chicos inviten a copas a las chicas e intenten llevarse a la cama algo caliente distinto a un Cola-cao. No sabes si reír, llorar o simplemente irte. Una vez que te convences de que no va a pasar nada distinto a que algún amigo tuyo se caiga o diga unra rondd e shupits peer aquii, decides irte a casa. Aproximadamente a las seis de la mañana abres la puerta de tu habitación y te dejas caer en la cama como un trapo recién usado en la limpieza.

            Mismo domingo, ocho de la tarde, partido de fútbol con los amigos, cervezas sobre la mesa y curiosamente, a las seis de la mañana de la noche anterior, apareció en el local Harrison Ford y se puso a invitar a copas, Joaquín Sabina más colocado que nunca se cantó unas coplas después de quitar el estruendo musical que había antes y Elsa Pataki le dijo a un amigo que esta noche sería su Cola-cao.

            Domingo, diez de la mañana. Llevas doce horas con tus amigos de “fiesta”. Cantidades inaceptables de alcohol (hay gente que dice que el alcohol engorda; normal, cuando te bebes cuatro litros de algo, aunque sea agua, también te llenas...), aberrante música y quedamos únicamente hombres dispuestos a saludar al churrero. Tras doce horas de “fiesta” en la que no ha pasado absolutamente nada interesante, decides irte a tu casa antes de ver la amargada cara del trabajador que tiene que soportar a borrachos. Abres la puerta, y bajo la mirada acusadora de los muebles de tu casa, y del sol brillando en tu ventana, piensas: ¿quién me mandará a mí hacer estas tonterías?

            Mismo domingo, nueve de la noche, partido de fútbol con los amigos, cervezas sobre la mesa y un sueño que hace que cabecees continuamente sin prestar atención al color de las camisetas de los que corren de un lado del campo a otro. A las once de la mañana de esa misma mañana (justo cuando tú llegabas a tu casa), el churrero, en honor a los borrachos de tus amigos, monta un after-hours para que continúe la fiesta. Al rato llega el presidente del gobierno diciendo que va a dimitir y aparecen las 70 virgenes que los musulmanes prometen en el cielo tras la muerte.

            Esta es una historia que nos ha ocurrido a todos, les ocurrió a nuestros padres y les ocurrirá a nuestros hijos. Es indiferente la edad, si las generaciones son pasadas, actuales o venideras, es un fenómeno social que ocurre, y punto. Además, es difícil de evitar, porque tienes dos posibles soluciones: no salir nunca (acabas amargado) o salir y quedarse hasta que se vaya el último (y como mucho te pasa lo que a Dios y no llegas ni a los 30). Yo he conseguido una tercera fórmula, y es no creerse nada de lo que te cuenten después de que te hayas ido; solo escuchar, afirmar y sonreír.


Artículo realizado por Miguel Ortega.

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