29 de enero de 2013

Rajoy: El bueno, el feo y el malo.

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Que Mariano Rajoy esté protagonizando un chorizo western no debería sorprendernos. Presidentes del mismo corte realizaron sus pinitos en esa industria del cine que, lejos de llevarse a las pantallas convencionales, retransmite día sí y día también con ayuda de nuestras televisiones. A lo Ronald Reagan en Camino de Santa Fe, Rajoy persigue a los abolicionistas, esos seres tildados de antisistema que rechazan las medidas esclavistas del presidente de todos los españoles, aunque sólo tres de cada diez acepten ese subtítulo.

Mariano Rajoy pretende pasar por el bueno de la película mientras acepta unas medidas que sus superiores lanzan desde Fort Merkel, donde la troika se reúne con un buen whisky para distribuir a sus batallones bajo la máxima: ¡Detengamos a los abolicionistas! ¡Arriba los mercados! Y Rajoy, que no llega ni a personaje secundario en el western de Merkel, recibe una llamada con el siguiente paquete de medidas neoliberales. No es una crisis, es una estafa, gritan de norte a sur y de este a oeste, pero Rajoy insiste en que las medidas son duras pero necesarias al tiempo que agradece el silencio a su minoría votante. Después se aleja en su caballo dejando tras de sí un reguero de heces y orines que el resto tenemos que soportar.

Para algunos, Mariano Rajoy sólo es el feo de la película, un actor que le ha tocado interpretar un papel que no es el suyo y que, por tanto, no merece ser diana de flechas ni balas. Sin embargo, éstos que le perciben como el feo ven con buenos ojos que de vez en cuando alguna protesta se escenifique frente a la caravana del presidente, no vaya a ser que cabalgue sin freno y se lleve también por delante el dinero de los que más tienen, aunque ese acto rozaría la ciencia ficción. Los que piensan así son los dueños de las cantinas, los que no dudan en ponerse delante de su comercio para defender a los pobres que son aplastados por los caballos del batallón. También son los que creen que Rajoy les ha traicionado porque en su programa electoral no anticipó nada de lo que está haciendo. Son los espectadores pasivos, los que esperan sentados a que la función acabe con un aplauso del público, con un final feliz, con un Rajoy convertido en sheriff, con una soga sin cuellos, con una fiesta en Fort Génova…Son los que pondrían la mano en el yunque del herrero para demostrar una confianza ciega en el presidente, los que dentro de lo malo creen haber escogido lo menos malo. En definitiva, los que no saben distinguir entre una buena y mala película.

Para la mayoría, Mariano Rajoy es el malo del western. Su actuación es tan pésima que no alcanza el cinco en ninguna encuesta. Ha destrozado al pueblo apoyándose en la herencia del anterior gobernante. Ha reprimido a los abolicionistas al más puro estilo franquista, con balas de goma, porras y un incontable número de batallones. Mariano Rajoy está siendo malo por encima de sus posibilidades. Entra en la casa de los más débiles para robarles lo poco que tienen. Se lleva su dinero bajo la excusa de que ese “pequeño” esfuerzo servirá para sacarles del atolladero; y ellos se preguntan: ¿saqueándonos conseguirá que nuestras vidas vayan a mejor? Ni el tonto del pueblo se lo creería. Pero Mariano Rajoy sigue a lo suyo, recortando a diestro y siniestro, mandando a sus matones a reprimir a los abolicionistas, ordenando a sus ministros que den la cara por él porque es tan mal actor que cuando miente los ojos se le salen de las órbitas y la lengua le juega una mala pasada. Debería aprender de Soraya Sáenz de Santamaría (aspirante al Óscar a mejor actriz secundaria por su sublime interpretación en “Desahuciados, lloro por vosotros”) o de Cristóbal Montoro (magnífico monólogo en “¿Lo tiene claro, Sr. Saura?”). Lo que está claro es que pretende interpretar tres papeles y sólo borda uno, el de malo.

Mariano Rajoy lleva toda una vida luchando por interpretar a un personaje protagonista y ahora que lo consigue, en vez de escenificar un papel dentro de sus limitadas posibilidades, decide ser movido por unos hilos que sobrepasan fronteras. Parece ser que se ha tomado demasiado en serio aquella frase de Fort Apache, “debes aprender a vivir como si no existieras”, porque si no no se entiende. Pobre Rajoy, condenado a ser un mediocre villano en un mundo de tiranos, a ser un secundario en el gran film europeo mientras alardea en la industria nacional. ¿Tendremos que soportar este aburrido western hasta el final?


Artículo realizado por Diego D. Zumajo - Sección de Libre Publicación.

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