15 de febrero de 2014

Cumple sin soda

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Escrito por Miguel Ortega.

Estamos acostumbrados a homenajear a los muertos y a olvidarnos de los vivos. Un claro ejemplo de esto es la columna que escribí hace poco sobre Gelman, Pacheco y Grande. ¿Murieron? Ahora nos acordamos de ellos.

Aún existen grandes poetas. Aún existen tejedores de palabras que punzada tras punzada crean un poema o una canción; y uno de ellos es quien cumplió 65 años el miércoles pasado, Joaquín Sabina. Nuestro amado y odiado Joaquín Sabina. Amado por quién escucha sus canciones, por quien escucha qué pequeña es la luz de los faros / de quién sueña con la libertad, o y cómo huir / cuando no quedan islas / para naufragar. Sabina es el verso perdido Neruda. También es odiado, pero no suelo hacer demasiado caso a esas voces.

Es comúnmente conocido por su irrefrenable amor a las causas perdidas, al whisky sin hielo, al tabaco y a los ligueros ajustados. De hecho mucha gente se preguntará cómo narices sigue vivo, y no nos damos cuenta de que va a ser inmortal. La muerte viste de gris, y él ya corrió más que ella en sus canciones. Va a ser inmortal mientras sus canciones despeguen del equipo de música y viajen por las ventanas aterrizando en nuestros oídos. Será inmortal mientras tenga sentido la palabra olvido. Será inmortal siempre, porque ya escribió la canción más hermosa del mundo.

Nació el 12 de febrero y nunca quiso un 14 del mismo mes. Fue joven y comía salchichas que luego olvidaba pagar. Lloró 500 noches hasta un enero que estaba en rebajas, y en los ocasos de septiembre de una Rosa de Lima volvió a naufragar. No sé cuánto tiempo querrá Dios que estés con nosotros, pero bendito seas por endulzar nuestras noches de insomnio.

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